Su biografía se escribía
con tinta seca de las nubes
que inundaban otros parajes,
con pasados del mismo día
y gamberradas de querubes
pero sin ceder al chantaje.
La ceguera no delimita
los datos de la geodesia
ni el argumento de la historia,
tan sólo es algo que evita
y la tradición es la amnesia
del origen de la memoria.
Por eso, brillaban sus ojos
como las estrellas fugaces
desde galaxias ignoradas
que sirvieron de trampantojos
de esperanza para incapaces
de soportarse entre la nada.
Fue, sobre estos turbios cimientos,
donde icé mi bandera de humo,
basé mi exigua existencia,
procedí sin venir a cuento,
maté al cadáver que exhumo,
sosegué mi mala conciencia.
Donde acababan sus huellas
comenzaba el horizonte,
en la resaca de los mares,
donde se cuelgan las estrellas
y se produce la simbionte
de las lunas con sus lunares.
Allí, reposo en mi tumba
tratando de vivir soñando
con el aroma de la ausencia
de la palabra que retumba
en las cabezas que, rogando,
falsean su inane existencia.
© Juan Calle
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