domingo, 29 de enero de 2017

Auto invectiva

Dicen que el tiempo da la razón.
Las flores que quisieron plantar,
como losas, en mi corazón
han empezado ya a marchitar.

Fuga perenne del desazón
con la que conseguí desbarbar
a esta hipócrita introspección:
¡Tendré, de nuevo, que inventariar!

Mi auto invectiva no impedirá
que se prolongue mi cicatriz.
Quien me critique no logrará
colar ideas por mi tamiz.

Yo apuesto contra mi canción,
echo cuentas, vuelvo a perder
y, para darle más emoción,
la tarareo sin componer.

Improviso notas en mi Lag
 y un ukelele de Nueva York,
trasteo mis dedos en zigzag
mas no consigo que salga un rock.

Mi auto invectiva no impedirá
que vuelva a cometer un desliz.
Si me critican, qué más da,
más áspero será mi tamiz.

Dicen que el tiempo da la razón:
ahora duermo sobre el adoquín.

Abajo la discriminación;
cada cerdo con su sanmartín.

Es absurda cualquier recensión,
no acudiré al alfaquín.

Con esto acabo mi canción
que, como todo, tiene su fin.


© Juan Calle

Muerte

Muerte, lejana amante que me rozas, 
torpe mujer enlutada que gozas 
con la irónica broma de vivir. 

Muerte, pechos de luna ensalzados, 
futuro prometedor sin pasado, 
largo sueño que no dejas dormir. 

Muerte, destino de mis esperanzas, 
afilada excusa de venganza, 
insoportable tedio de morir. 

Muerte, tan súbita, tan repentina, 
oculta detrás de la nicotina 
que proporciona cierto elixir. 

Muerte, dama embriagada de vino, 
sangre de tierra cual alcohol divino 
y paradoja vital de parir. 

Muerte, luz final para los espacios, 
permite que me muera muy despacio 
para comprender qué fue existir. 


© Juan Calle

Fumadora pasiva

La madrugada llora por tu ausencia,
la luna aleja su mirada ausente
y el cielo se convierte en una agencia
para amores urgentes.

Las farolas ensombrecen mis pasos,
los ocho vientos silban la canción
de tu olvido –ahogado en vasos-,
tal vez, sin ton ni son.

Las sonrisas indiscretas me miran
tras los visillos de la impertinencia
y las agujas del reloj deliran
buscando mi abstinencia.

La atmósfera me pide un cigarrillo,
me dice que es fumadora pasiva.
Lo prendo, la pinto a carboncillo
y aspira pensativa.

Los árboles hostiles bombardean
sin piedad en los capós de los coches,
los sueños fugitivos alardean
de sus dueños fantoches.

Los centinelas rinden a Morfeo
una clandestina celebridad,
una pareja se da un morreo
de una eternidad.

Las emisoras sintonizan penas
para noctámbulos mientras escribo,
los secretos salen de la alacena
y me pasan recibo.

La atmósfera pide otro pitillo,
yo ya sé que es fumadora pasiva.
Lo prendo, la pinto a carboncillo
y aspira pensativa.


© Juan Calle

Aquel día

Tú buscaste en el fondo –el de los siete mares-
la llave que libera de la esclavitud.
En negras noches, tantos sueños nos albergaste
que el matiz de las sombras se encuentra en la luz.

Elevaste los valles y allanaste montañas
en busca de un oasis justo y en libertad,
pero jamás pudiste vivir ese mañana
en el que el sol no era firma de propiedad.

Nos mostraste los sanos y blanquecinos dientes
de la fe de la lucha desde la “No violencia”.
Y liberaste, incluso, tantas y tantas mentes
oprimidas y presas, carentes de indulgencia.

Estrechaste las manos entre blancos y negros
para entonar juntos “Somos libres al fin”.
En silencio, abriste cada camino bueno
que en ninguna batalla se pudo conseguir.

El día que osaste no subirte al bus
y caminaste en busca de lograr igualdad
por las calles del Norte, por las calles del Sur.
Aquel día nos diste la opción de soñar.


© Juan Calle

Nota.- Escrito sobre la base del discurso de Martin Luther King en Washington, a quien está dedicado.

¡Ay, corazón!

Me contaba sus sueños de princesa
con voz susurrante bajo la luna,
afirmaba que se encontraba presa
en la celda de torre de alguna
incomprensión.

Yo me recostaba sobre sus senos
alzados firmemente y algo duros
y le contaba mis más y mis menos,
algunos proyectos, mis claroscuros
y una canción.

Ella me enseñó cómo se desglosa,
yo aprendí que no hay horizontes.
Sacó jugo a la más muerta rosa,
mientras yo cruzaba ríos y montes.
¡Ay, corazón!

El oscuro túnel de mis placeres
supuso la aduana para mi Edén,
sus pensamientos eran mis deberes
como para un vagabundo un andén
sin estación.

Tuve que lidiar con sus intenciones,
no soy un tipo que haga feliz.
Suplicaba en verso sus perdones
y le escribí sobre más de un desliz
¡Qué sinrazón!

El eco del cielo guarda a Teresa
al fondo de su mirada perdida
pues me enseñó a soñar con princesas
muy capaces de vaciarte la vida.
¡Ay, corazón!


© Juan Calle

Las flores de loto

Desahoga sobre mis carnes tu odio,
saca partida a mi debilidad
que este personaje que me parodio
no te reprochará tanta ansiedad.

No soy trigo limpio sino cebada
al uso fermentada por mis venas
tú sólo eres una coartada
con quien saciar esta noche mis penas.

Sal del redil de la buena conducta,
deja que se quede solo el mundo,
somos golfos de aptitud corrupta,
plagiemos el Edén nauseabundo.

Allanemos la morada del alma,
conquistemos los corazones rotos,
encabronemos a la mar en calma
y deshojemos las flores de loto.


© Juan Calle

La Gema

¡Maldito Shakespeare, maldito poema
que echa a perder toda mi estratagema,
me planta en la vida con el lema
de si será o no será con Gema!

No ha de suponer ningún problema
pero tengo tanta calor que quema.
¡Bendita nata, más bendita crema
con la que quisiera jugar con Gema!

Del corazón, autoridad suprema,
para quien a contracorriente rema
buscando solución al gran dilema
que se plantea pensando en Gema.

No la veo torpe, fea ni mema,
está más cerca de ser un emblema,
la sal y pimienta, la clara y yema,
la enésima y la primera, la Gema.


© Juan Calle

La poesía y el resfriado

Hay personas que pasan a mi lado
mirando de reojo y con asombro.
Es curioso, porque estoy recostado
y hay quien mira por encima del hombro.

No acostumbro a echarles cuenta,
paso de quien se da tanto postín,
tampoco me provoca ni una afrenta
o menos que este frío adoquín.

Busco entre mis bolsillos papel,
necesito salir de este cochambre,
y con un lápiz escribo en él:
¡Por todos los demonios, tengo hambre!

Para más colmo, anoche hizo frío
y aunque, poéticamente hablando,
quede bien decir que con el rocío
cada mañana me estoy levantando,

que el firmamento es manto de estrellas,
que me mece la luna hasta el día,
me cuestiono sobre tal epopeya
entre mi resfriado y la poesía.

Dicen que el hambre y el frío ayudan
al escritor a andar sobre el alambre,
puede ser pero hasta que estornudan
y yo ¡diablos, ahora tengo hambre!


© Juan Calle

Sentada en la playa

Tus sueños emigraron del sur,
tus raíces fueron trasplantadas.
A los cristales del autobús
aferraste tus dedos y cara

observando perderse de vista
tus amigos, familia y hogar.
Durante tantos años, la vida
resultó un constante emigrar.

Te esbozo sentada en la playa,
la vista perdida en el mar,
maldiciendo un destino canalla
en la vera de tu soledad.

Los ojos de un hombre te engancharon,
eran tan verdes como el mar
de una playa donde se bañaron
parte de tu infancia y mocedad.

Con él fundaste tu propio hogar
a base de costosos esfuerzos…
De nuevo, volviste a soñar
y a crear unos nuevos recuerdos.

La nieve sustituyó al mar,
las arboledas a aquellas playas.
Hoy, ves a tus hijos emigrar,
vuelve a perderse tu mirada.

Mientras, aguardas en la terraza
con la vista en el horizonte
aguardando que llegue a casa
cada componente de tu prole.

Te imagino, niña, en la playa,
tu vista perdida en el mar.
Te veo cuando vuelvo a casa,
formo parte de tu soledad.


© Juan Calle

Mis cuervos

(Ecce homo)

Como ya no cazo sueños
para canciones inertes,
pongo mis versos de empeño
escapando de la muerte.

Devuélveme la sonrisa,
el otoño, la razón,
mi vocación circuncisa,
mi quebrado corazón.

Los cuervos a los que crié
ya, por fin, se emanciparon,
las flores que deshojé
nunca jamás desfloraron.

Quise rimar tus caderas
con el brillo de mis ojos
y, tal vez, lo consiguiera
para mis cuervos bisojos.

Convivimos enterrados
bajo la arena del tiempo
con besos ya marchitados
por un mero pasatiempo.


© Juan Calle

La obra maestra

Compañera de cuerpo frío
sin pirata que te aborde
déjame surcar por tus ríos,
ponle nombre a mis acordes.

Si mi mano se adormece,
mal acabo lo que comienzo,
tu figura se desvanece
tras el huracán de mis lienzos,

eres la gran obra maestra
experta en desgarrar voces
y agitar palmas y palestras
con tus seis cuerdas, diez ó doce.

Quisiera saber encontrar
lo que piensas cada momento
pero no llego a alcanzar
el compás de tu sentimiento.

Estos versos en consonancia
buscan sintaxis con tus notas
mas tu caja de resonancia
me trata como a un berzotas.

¡Quién ajustara tus clavijas
arañando tu diapasón!
Dime ¿en qué parte cobijas
el secreto de mi canción?


© Juan Calle

Súplicas por Ciudad Juárez

Ojalá fueran alquimia
los versos que os envío
y padezcan de arritmias
quienes “ensangran” los ríos.

Ojalá Samalayuca
arrastre la esperanza,
y si la muerte se truca
que no sea por venganza.

Ojalá que Guadalupe
os tienda libre su manto
y los duelos no se engrupen
a lomos de nuestro llanto.

Ojalá que, desde el Cerro
Bola hasta el Chamizal,
no haya más plan gamberro
que la broma de un chaval.

Ojalá el río Bravo
acaudale las sonrisas
y poder llevar a cabo
vivir sin miedos ni misas.

Ojalá los homicidios
se acaben de una vez,
los culpables a presidio
por tanta gilipollez.

¡Y ojalá vaya bonito,
viva la madre que os trajo!
Brindo con este chupito:
¡Viva México, carajo!


© Juan Calle

miércoles, 25 de enero de 2017

Improvisación

Abusando de hospitalidad,
mis besos se quedaron en tu boca
con su maleta de espontaneidad,
y de pudor y vergüenza muy poca.

Mi sonrisa se tornó aún más terca
que la oscuridad de tu mirada
sabiendo de tus labios ya tan cerca
y de tus sueños sobre mi almohada.

Mis jeroglíficos se definieron
con los susurros de tus arrumacos
y mis versos entrelíneas prendieron,
con tu danza de suspiros, cardiacos.

Ahora que el tiempo sigue andando
y los vientos nos soplan sin favor
enmarco unas caricias surcando
los besos con derechos de autor

allende los mares y su horizonte,
hacia el otro confín del planeta.
¡Rimad, versos, llevad nuestro simbionte
hacia aquellas islas tan recoletas!


© Juan Calle

Al principio (principios de epopeya)

Al principio de los tiempos,
cuando el tiempo no existía,
surgieron los elementos:
Aire, tierra, fuego y agua.

La nada lo era todo
y eso no era de nadie
hasta que llegó el cobro
de recursos naturales.

Se hipotecaron las tierras,
ardieron los paraísos,
hubo un diluvio de guerras
y el viento se hizo cautivo.

A finales de los tiempos,
seccionados por minutos,
han surgido los lamentos
porque el mundo mata al mundo.

Todo tiene su escritura,
la nada duerme sin techo
y la vida se desahucia
a base de lanzamientos.

La DIGNIDAD de los tiempos
es un agujero oscuro
-con dominio, por supuesto-
tras el gravamen del mundo.


© Juan Calle


A propuesta de Eladio Méndez

Estrofa libre de avanzadilla para poesía épica.





Incluido en la página 28 del libro “Campamento dignidad: Poemas para la conciencia”. Más información en http://latrastiendademerida.blogspot.com.es/2013/04/presentacion-de-campamento.html. Todo un lujo compartir "páginas" de campaña con grandes autores... Gracias, Eladio.

Soy yo

Soy una máscara de Sade
sin mirada retrospectiva,
tengo el corazón de jade
y el futuro a la deriva.

Soy una sombra puesta al día,
emigrante sin pedigrí
de una patria de mancebía
con internet y al ralentí.

Soy la resaca marchitada
en el jardín de flores muertas
de la estación desbastada
después de no sonar la alerta.

Soy un lujo para la vida,
eso nunca lo he dudado,
tengo la mirada perdida
y mi fracaso consagrado.

Soy huella de un paso perdido
fosilizado por el tiempo
de cuando el ángel caído
tuvo su grave contratiempo.

Soy yo. Ahora que me ignoras
sabes a lo que atenerte,
mis versos son los que empeoran
la conciencia tras conocerte.


© Juan Calle

domingo, 22 de enero de 2017

La otra mano. Oda (la oda mano)

Insurgentemente, las venas
de la otra mano -ajenas
a las musas y sus cadenas-
se me revelan casi obscenas.

Entretanto, un cigarrillo
tiñe sus dedos amarillos.

Sólo sujeta el papel
a la diestra -cual alhamel-
o, a la boca, un moscatel.
La izquierda guía mi Babel.

Entretanto, otro pitillo
tiñe sus dedos amarillos.


© Juan Calle

Tararí

Yo quiero que tú, si quieres,
puedas jugar a los tronos,
entones los semitonos,
supliques a otros seres
-amén que no los hubiere
ni con pruebas de carbono-.
Para vivir como un mono
nadie te exige saberes.

De la misma forma, pido
que no vulneres mis creencias,
¡qué voy a hacer si la ciencia
tiene mucho más sentido!
Y, encima, he comprendido
que delinco por tenencia
de razón por disidencia
contra lo establecido.


Elije, pues, tú por ti,
y dame el mismo derecho
a golpearme en el pecho
buscando otro potpurrí
sin cruz, manto ni cañi,
con reinados en barbecho,
sin procesión en mi trecho,...
Basta ya de tararí.


© Juan Calle

Oír, ver y callar

Por escuchar, entendía
la maldad de los mensajes;
nö escuchó la mayoría
y votó por los peajes.

Oír, ver y callar.

Intentaron que no viese
qué pasó ante mis ojos,
y, aunque no lo comprendiese,
me bastó para mi enojo.

Oír, ver y callar.

Quisieron poner cadenas
a mi voz y estaba rota,
¡qué malaje de condena
quitar a un cantor sus notas!

Oír, ver y callar.

Como eran mayoría,
creyeron tener razón;
el mal que los perseguía
trataba de evolución.

Oír, ver y callar.


© Juan Calle

Alergia de mi corazón

Contaba los años aún por vivir
y el recuerdo me traicionaba ya,
me dieron sin alcohol el elixir
y confundía el sol con el FA.

Sólo me quedaban por encender
un par de pitillos a medio liar;
ya no era capaz de comprender
lo que una vez llegué a recitar.


El tiempo me ha dado la razón
y se ha vengado, no sin traición,
lacerándome con vil intención;
de modo que he puesto mi cerrazón
en descomponer mi última canción:
tengo alergia de mi corazón.


Así fue que, de nuevo, comencé,
con suma paciencia, a deshilvanar
los trémulos de voz que no canté
sin comprender lo digno que es callar.

Tuve que aprender a dividir
los que dividían de los que no,
y la aritmética me hizo sentir
que el resto de cada parte era yo.


De nuevo, el tiempo me da la razón
y se venga de mí, no sin traición
lacerándome con vil intención;
de modo que he puesto mi cerrazón
en descomponer mi última canción:
tengo alergia de mi corazón.


© Juan Calle

sábado, 21 de enero de 2017

The answer is blowing in the wind... and anthropology

Tengo la respuesta, niña,
no sólo está en el viento,
también está si se escudriña
la antropología sin cuentos.

El cielo carece de puertas.
Tras la atmósfera, un infinito
de espacio que nos desconcierta
pero no, por ello, finito.


Tengo mis ideas, cariño,
sobre lo que hay más allá
y, cuando lo explico, riño
con Maradona, Zeus o Ra,...

Quieren poner una frontera,
que nos dejemos de razones,...
A mí me van a dejar fuera
por mi escarnio con las ficciones.


Tengo lo que precisas, nena,
y no necesito oraciones
ni te caerán mil condenas
si rechazas mis tentaciones.

Sólo te perderás lo bueno
que me gustaría aportarte.
No soy mesías ni galeno,
ni he venido para velarte.


© Juan Calle

Ruines aforismos

En estos días que vuelo
a refugio de mí mismo,
sin nadie entre los desvelos
de mis ruines aforismos,

me surgen todas las dudas
que cuestionan mis razones
y mi verdad se desnuda
de su harapo de ilusiones.

Afilo mis objetivos
con un tamiz despiadado
para saber si estoy vivo:
en eso soy avezado.

Suscribo mis idioteces,
por algo vivo con ellas.
No soy lo que te mereces
y ya vendí mis estrellas.


© Juan Calle

miércoles, 18 de enero de 2017

Bolsas de plástico negras

Cómo escribir sin voz
lamentos tergiversados
y del crimen cruel y atroz
si precisan de visado.

Cómo fingir la impotencia
de no elegir tu origen
y arrastrar la incoherencia
de la raíz que les aflige.


Tu vergüenza se la comen los peces
que hurgan en bolsas de plástico negras
y las demagogias, algunas veces,
me hacen creer que otros se alegran.


Cómo narrar lo que sabes
ajeno al engreimiento
de a quienes no les caben
más muertes ni más lamentos.

Cómo pueden defender
la educación que tienen
sin odiarse más por ser
lo que a otros convienen.


Sin vergüenza, te incitan a que reces
y te estigmatizan si no te integras
al mercado de su banco de peces
llenando bolsas de plástico negras.


© Juan Calle