miércoles, 22 de agosto de 2018

Tambores de guerra

Las caracolas reproducen
el ruido del mar con sordina.
Convivir no es aquel cruce
de canciones y serpentina.

Las balas no saben silbar,
las derrotas no son bailadas.
No queda sitio en el mar
para lágrimas derramadas.

Las bombas no llevan el ritmo,
los fusiles me semifusan,
la plata es el logaritmo
de quienes del poder abusan.

Las fronteras del pentagrama
sin ton ni son marcan el rol.
Las marchas son un melodrama
lejos de la clave del Sol.

Los acordes de nuestra amnesia
nos educaron en el credo
de patrias, como sinestesia
de inocularnos tanto miedo.

Las sectas orquestan los odios,
el fuego nos quemó las manos,
sólo aspiramos al podio
de vencer a nuestros hermanos.

Y, mientras, yo sólo escribo.

Cuestión de semántica

Para jugar con María, por mera cuestión semántica

Que me emocionan las aguas del río 
podría parecer cosa romántica 
pero no graciosa, voto a bríos, 
por más que se conviertan en atlánticas. 

Que dos personas, escribiendo versos, 
sean capaces de entrelazar dos cánticas 
se debe a motivos muy diversos 
pero para nada es nigromántica. 

Se puede ser navarra y granadina, 
ser Pizarnikiana y ser cervántica, 
las garras tienen las uñas más finas 
y escriben sin perder la consonántica. 

Que quede constreñida la laringe 
por la epiglotis y la sonántica 
sea la risa que nunca se finge,
y que ésta nunca nos venga gigántica. 

Habrá que estar atentos a la física 
para ver donde nos lleva la cuántica: 
si, contando, mi rima se queda tísica, 
es ciencia cognitiva por semántica.